Tres minicuentos con muerte de Julio César Orellana Rivera

Muro de calaveras. Templo Mayor, Cdad. de México. Blit Imágenes.

El necio fumador

EL GALENO, CON TONO SEVERO y cara poco amigable, me había dicho:

–Si no deja de fumar, seguramente a usted la nicotina lo hará humo, polvo de la tierra.

–No importa. El humo y el polvo no pesan y fácilmente llegan adonde les da la gana –dije con sorna–. Si quiero ir a Australia, solo tengo que hacerme humo o polvo y en pocas horas estoy allá.

–Bueno… contra el gusto y la gana de cada quién, nada se puede hacer. O, como dicen los economistas: «Los gustos y preferencias del consumidor le permiten a uno elegir el producto que desea comprar». Así, usted decide tener una vida menos complicada y más larga, o morir con el cigarro en la boca.

–Sí, desde luego, es mi elección. Yo decido si tengo una vida muerta dentro de un ataúd o vivo en este mundo sin el deleite de un filtro.

–Claro.

El doctor se limitó a escribir unos garabatos en el pequeño formulario de recetas y, el adicto a la nicotina, despidiéndose con un fuerte apretón de manos al facultativo, selló con este acto su última visita.

Pasado un año de aquella conversación, el médico no supo nada sobre la vida de su paciente; el paciente tampoco se inmutó porque su doctor de cabecera no le llamara por teléfono….

Las palabras del otrora paciente y del médico fueron doble profecía: el necio fumador había decidido tener una vida muerta dentro de un ataúd y, tiempo después, este se haría polvo.

05/07/2008

 

El susto de las monjas antropófagas

UN CONVENTO. Más de una veintena de monjas. Dos de ellas, como merienda, se comían a los chicos que las humildes aldeanas dejaban bajo su protección. Ocho comentaban ser la reencarnación de la Virgen María; el resto mantenía, turnándose, perpetua oración al Santísimo.

Pero hubo un niño más listo que las antropófagas: se vistió de rata, y cuando las dos monjas entraron al dormitorio para raptar a un par de chicos, con el horror en sus caras parecían máscaras salidas de ritos belsebusianos huyendo del cuarto-prisión donde tenían a los infantes. Le dijeron a la madre superiora que renunciaban a los hábitos, porque en el convento vivía el propio Satán convertido en roedor del tamaño de un niño de diez años.

Fue la excusa perfecta, porque, a la salida del convento, a cada una la esperaba un caballero con saco, corbata y sombrero… y la diligencia que las llevaría a un hostal donde conocerían (y pondrían en práctica) lo que habían visto furtivamente en la revista Playgirl.

30/08/2008

 

En su intento, la Muerte pierde

AHORA QUE LA MUERTE ha decidido (¡uf, por fin!) darme muerte, yo le pido que no lo haga; pero ella me dice que mi día y hora están señalados, y que nada puede hacer. Le suplico, me arrodillo y le hago el bendito (así entre nos, lo mío es toda una farsa), pidiéndole que no ejecute esa acción.

–Lo siento –me dice–. Son órdenes que vienen de arriba.

Cuando con su índice me señala el techo, le pregunto:

–¿Del techo?

–No, del Jefe.

–¿Cuál Jefe?

–Dios –me responde.

–Pero…

Me quedo con la oración en suspenso, porque me interrumpe.

–No hay peros que valgan. Híncate y reza tus oraciones –me ordena.

Me hinco y agacho la cabeza. Antes de doblar la testuz, echo una mirada a la Muerte y veo que impulsa hacia atrás su guadaña. Tengo muy cerca de mí la vieja banqueta que dejó mi abuelo; la tomo y en un santiamén, cuando la hoja aún no viene hacia mi desvalida humanidad, estrello el taburete contra su huesuda cara. Cayó (o paró las patas) y jamás volvió a levantarse.

10/12/2008


Julio César Orellana Rivera es narrador salvadoreño.

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