Hombre-bestia, boyero sin bueyes

Ganado en río Quezalapa, Cinquera. Foto: BLit.–

 

Julio César Orellana Rivera 

(El Salvador) /

Venía de regreso del surco que habían trazado. Los encontraba caminando lentos, perezosos, triturando terrones casi secos por falta de lluvias. Los seguía el arado, después el boyero y luego el surco que acompañaba sus pasos, y el otro que los abandonaba. Los hermanos, «Caballero» y «Navegante», iban flemáticos y afanosos, rayándole el cuerpo al suelo.

–Este cree que no nos duelen los piquetes con la puya.

–Para que fuera él, ¿verdad?

–Sí, entonces veríamos de quién son las mulas.

Pero el boyero, como que oía la plática sin escucharla, presionó la puya en las carnes flacas de los bueyes.

–¡…Ay, animal maldito!

–¡…Ay, hombre-bestia!

Doblaron sus cuellos, mirándolo con rencor y una sonrisa pétrea, irónica. Fue un gesto que el boyero ni notó.

–¿Y este a saber qué se ha creído?

–Nuestro tata, quizás.

–Pero si nuestro tata es un toro, un toro bien macho y no un hombre-bestia como este.

–Igual. Creo que nuestro tata-toro tiene más de hombre que este animal.

–¡Semejante igualado!

Lo último había sido dicho con desprecio, mirando hacia atrás, pensando que el boyero podía escucharlos y entonces sí,  les aplicaría un azote más cruel que el puyón.

¡Vamos, Caballero y Navegante: Háganle güevo par de cabrones y saquemos la tareya!

Corcovearon con violencia, tirando coces.

Declinaba la tarde; el faro diurno se escondía celosamente.

–Aunque, según me contó la «Micotile», ayer, mientras pastábamos, que a nuestro tata-toro, un hombre matón, narigudo y con cara de buitre se los llevó en un camión –comentó Navegante.

–Esto que dices tiene muy mala pinta.

–Será hora que el destazador tiene un rompecabezas de él en su mesa.

–¡Cierto! –dijo Caballero.

Ambos suspiraron profundo y sus testuces mohínas agacharon más hacia el suelo por el peso del dolor.

¡Apúrense, cabrones!

–¡Aaay, hijo de quién te parió! –se resintió Navegante con el puyón infligido por Ezequiel.

–A mí ganas de zamparle unas cornadas me dan

–Sí quieres le damos una pijiadita.

Desamarrémonos las coyundas, pues.

–¡Vale!

Detuvieron su marcha. Como contorsionistas de circo se desuncieron las coyundas, tirando el yugo al suelo. Se pararon en dos patas y, volviéndose hacia Ezequiel, rampantes, en posición de púgiles dispuestos al combate, se abalanzaron sobre él. El susto del boyero fue mayúsculo, como el inmenso mar, que no esperó su merecido. Por el poniente, en lontananza, un punto oscuro se perdía.

05/09/2014.


Julio César Orellana Rivera es escritor salvadoreño.

 

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