Dos cuentos de Alicia Morandi (Uruguay)

'Vieja casa en Colonia', Uruguay". Foto: jafsegal bajo licencia CC BY-NC-SA 2.0.–

¿Trajiste el pan?

CADA DíA ESTÁS peor. Te levantas de mal humor y con mal aliento; en el desayuno te escondes detrás del celular. Te vas al trabajo sin despedirte con un beso. Llegas y murmuras la pregunta de siempre: «¿Qué hay para cenar?». C­­­enas en silencio y te plantas frente al televisor a ver programas que nunca terminas porque te quedas dormido. Hoy es domingo. Saliste, para variar. A propósito, ¿trajiste el pan?

Lo único que suelto es la pregunta del final. El resto solo lo pienso.

Luis sí trajo el pan, como cada domingo. Crujiente, suave y calentito el delgado pan francés, con semillitas negras en la miga. Se ve más apetecible que de costumbre. Conozco la panadería, pero siento una morbosa necesidad de arrojarle a mi marido la obligación de traerme el pan antes de volver a salir, esta vez con sus amigos. Los de él, porque yo ya no tengo.

Tomo el pan y cuan largo es lo envuelvo en una servilleta blanca de algodón que está en el mismo cajón de la cocina donde guardo la bolsa de arpillera con los casetes. Acomodo el pan dentro del poco espacio que deja más de una veintena de casetes de tango. Me cuelgo la bolsa al hombro. Subo la escalera hacia la azotea y entro al altillo, mi pieza minúscula, que se moja en invierno y se derrite en verano. Me siento en el único mobiliario, un silloncito con olor a humedad. Debajo escondo una casetera del siglo veinte, de esas que sobrevivieron los embates de la tecnología.

Y es entonces cuando comienzo mi ritual de gozos y culpas. Devorar tango y devorar pan. Sé que cuando acabe con estos manjares me reprocharé que siga inflando mi barriga. Será misión imposible recuperar la cintura que perdí hace tiempo. Y sé que lloraré a moco tendido una a una cada lágrima del bandoneón, y así se me arrugará el alma por un rato. Pero vale la pena; este espacio dominguero es sin duda un orgasmo existencial.

Saco el pan de la bolsa y uno de los muchos casetes que aguardan el domingo. Lo coloco en la casetera y empieza a sonar tema tras tema mientras devoro sin prisa el pan todavía calentito.

Malena canta el tango como ninguna
y en cada verso pone su corazón.

A yuyo del suburbio su voz perfuma,
Malena tiene pena de bandoneón.

Tal vez allá en la infancia su voz de alondra
tomó ese tono triste de la canción…

Yo también cantaba el tango cuando era chiquita y usaba el cepillo de dientes como micrófono. Y ponía mi corazón en cada verso.

–Algún día, Helena, cantarás para el mundo –me decía a menudo hasta que me callaron.

–¡N’hombre! El tango es pa’varones. El tango necesita voces fuertes, roncas, de macho, pues! Nadie compra discos de mujeres cantando tango –me decía mi padre, y mi madre asentía. De tanto que me lo repitieron me lo creí, y dejé de cantar tango. Malena tuvo más suerte, después de todo.

Acaricia mi ensueño
el suave murmullo
de tu suspirar

Como ríe la vida
si tus ojos negros
me quieren mirar…

¿Tus ojos negros habrán sido los responsables de que, casi adolescente, me casara contigo? ¿Serían las hormonas, que en ese entonces halaban más que la razón? Me topé contigo al doblar una esquina y el mundo se redujo a esos carbones que me prendieron fuego cuando me miraron. Pero ahora, Luis, tus ojos negros se han vuelto grises de tanto evitar mi mirada. Y, al fin y al cabo, hace mucho que no me excita tu suspirar.

Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien.

Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada…

Pues sí, es un soplo la vida. A mí también se me está marchitando la frente y mi pelo se me está tiñendo de nieve. ¿Y volver? ¿Volver a dónde?

Después de un rato, el pan y el tango me dan la respuesta: «Volver a mí». Volver a mí». Mi voz resuena amplificada, como si el pedazo de pan francés que sostengo se hubiera  convertido en micrófono.

Recojo los casetes y los meto con cuidado en la bolsa de arpillera; me la coloco al hombro. Agarro el pedazo de pan que ha sobrevivido, cierro el altillo y bajo a la cocina. Luis ha llegado de su última salida dominguera, y está sentado frente al televisor.

–Aquí está tu pan, Luis, ya no me debes nada. Ya no me debo nada.

Entonces, me marcho sin el pan y con la bolsa de arpillera llena de tango. Y Malena me sigue los pasos.


 

Desmoronamiento. B.L.–

Nona Meche

Y AL FIN LLEGUÉ a la puerta de la que fuera la casa de mi abuela materna. Nadie pudo recordarme el camino para llegar hasta allí, pero llegué igual. Miré por un hueco de la puerta corroída por el tiempo, enmarcada en piedras cubiertas de musgo, y vi una sombra en el interior. Una figura femenina levantó la cabeza y a pesar de sus miles de arrugas la reconocí. ¡Cómo era posible! Mi abuela había muerto hacía 20 años, y no habíamos podido despedirnos.

***

Su nombre era Mercedes, pero todos en la familia y el barrio la llamaban Nona Meche. Y era en el barrio, no en la familia, donde más la querían.

Es que nuestra familia tenía de las suyas, y Nona Meche no se callaba. Cuando sus poderes de vidente le hacían anticipar casos de deshonestidad e infidelidad, nos regañaba feo. Sin duda Nona Meche era moralista. Y si algo la caracterizaba era su ruda sinceridad. No se andaba con vueltas. Con su expresión severa y carácter cascarrabias nos cantaba las cuarenta. Y esto no caía muy bien que digamos.

Los que sí la querían mucho eran sus vecinos. Vivía en uno de los peorcitos barrios de la ciudad. Casi a diario un crimen. Pero ella nunca trancaba ni puertas ni ventanas. Ni siquiera cuando quedó sola por la partida a mejor vida de su marido, mi abuelo.

«Un día de estos le van a entrar ladrones y la van a matar si no cierra con llave», le decían, pero ella respondía: «Tranquilos, yo no moriré de muerte violenta. Una enfermedad larga va a llevarme». Y así fue. Un cáncer le arrebató la vida poco a poco, y me contaron que fue quedando como pasita de uva, hasta que soltó su último suspiro. Yo hacía mucho que no la veía, ni siquiera vivíamos en el mismo país, pero el recuerdo de mi abuela me acompañaba a todas partes, a pesar de la riña que nos separó.

De chiquita la visitábamos con mi mamá, un domingo al mes. Almorzábamos con ella y nunca faltaban «pacientes», que llegaban a consultarle sus malestares físicos y de los otros, confiando en sus dotes de pitonisa. Y como nada la detenía al momento de socorrer a alguien, sin importar si le caía bien o mal, ni la cantidad de pecados que se cargara, Nona Meche no le negaba sus servicios a nadie, ni siquiera los domingos. Jamás aceptó dinero, a pesar de haberle salvado la vida a unos cuantos. Por eso, su casa estaba llena de jarrones con flores, chocolates, perfumes, gatos, caramelos, muñecos de peluche, y quién sabe cuántas cosas más que le regalaban para agradecer sus favores.

Mi abuela había sido enfermera por más de 40 años, por lo que conocía a la perfección el cuerpo humano, por dentro y fuera, y sabía cómo podía uno enfermarse, pero también, curarse.

En mi tierna infancia ella era un personaje de cuentos de hadas; una especie de bruja buena, malgeniada, cierto, pero con un corazón de oro, y siempre dispuesta a obrar milagros.

Yo esperaba con ansias esas visitas domingueras para observarla disparar con fina puntería sus diagnósticos, y pasarle disimuladamente a sus «pacientes» una bolsita de alguna hierba que ella procesaba. Con un guiño cómplice les susurraba cómo utilizarla y, por lo general, daba buen resultado.

Lo que más practicaba era el santiguado, método cuasi infalible para detectar enfermedades que a veces ni los propios doctores detectaban. Ella veía un bultito en el riñón, o una arteria obstruida, o una manchita en el pulmón, y la lista era interminable. Entonces, sin titubear, les pedía a sus pacientes que orientaran al doctor por dónde buscar el origen del mal. Yo presencié pasmada cuando llegaban a su casa profundamente conmovidos para confirmarle que, gracias a sus indicaciones, los doctores al fin habían dado en el clavo.

Yo la espiaba cuando atendía a los afligidos al otro lado de la puerta entreabierta que daba al comedor. Apartaba la mesa y en el centro de la habitación, a media luz, los hacía pararse derechitos con los brazos a ambos lados del cuerpo y los ojos cerrados. Ella gravitaba grácilmente a su alrededor, haciendo oscilar rítmicamente de lado a lado un incensario de bronce que despedía un aroma embriagador, mientras murmuraba rezos a quién sabe qué santos. Nunca identifiqué a ninguno.

Cuando algún incrédulo en problemas se rehusaba a visitarla, no faltaba algún allegado que le trajera su fotografía, así que, sin conocerle personalmente, adivinaba hasta los más íntimos detalles del o la susodicha, y zás, disparaba su pronóstico.

“¿Así que no sabe qué le pasa a su hija, que está tan acuitada? Pues, hace poco conoció a un muchacho así y asá que le está quitando el sueño, pero le quiere quitar algo más. Dígale a su hija que cuidadito con ese fulano porque es de los que se levantan los pantalones, se cierran la cremallera y se largan». Porque, como lo dije antes, Nona Meche no se andaba con rodeos al momento de opinar, le gustase a quien le gustase. «¡Ante todo, la verdad!», decía con bravura levantando su puñito, porque lo que le sobraba de carácter le faltaba de tamaño.

La abuela era armoniosamente diminuta. Como esa muñequita de porcelana con faldita de tul que adornaba una repisa que le regaló una agradecida alma en pena a quien salvó de morir de cáncer. Gracias a su clarividencia se lo percibió a tiempo al santiguarla, y los médicos pudieron tratarlo con éxito. Pero sin temor a equivocarme, podría asegurar que una de sus mayores habilidades era percibir infidelidades. Si no hubiese sido tan buena en eso, nosotras nunca nos hubiéramos peleado. Pero eso vino mucho más adelante.

Ella me quería, sin duda, a pesar de que sus poderes no le fallaron al ver mi parte endiablada o, más bien, ardiente. Una vez se lo dijo a mi mamá: «Esta niña tiene la luz y la oscuridad abrazadas como hermanas. Su pasión no le dejará medir las consecuencias, y por amor arrastrará a su paso todo lo que se le cruce en el camino». Como ocurrió con mi prima Adela. Ninguna de las dos tuvo la culpa de enamorarse del mismo hombre. Adela se lo llevó al altar y yo a motelitos de mala muerte, hasta que nos fugamos al extranjero.


Entonces me cobijé en sus brazos y se convirtió en mi amparo, hasta que, en la juventud, me echó de su casa.


Me sedujo desde el día en que, frente a un sacerdote, le colocó a mi prima una sortija en su dedo y le juró amor eterno. Las reuniones familiares nos acercaron. Nuestros encuentros fueron luego a escondidas, con mucha culpa; pero éramos como las puntas de un elástico que, al estirarlas, en algún momento inevitablemente se sueltan y vuelven a juntarse con toda la fuerza de esa tensión.

Cuando ocurrió este drama familiar yo vivía con Nona Meche. Al final de mi adolescencia falleció mamá sin que la abuela pudiera salvarla. Entonces me cobijé en sus brazos y se convirtió en mi amparo, hasta que, en la juventud, me echó de su casa. Sin yo haber dicho nada a nadie, y siempre actuando con la mayor discreción, un día me clavó los ojos y se percató que andaba en amoríos con el esposo de mi prima.

La abuela se puso furiosa con mi comportamiento, pero no conmigo, me dijo. Siempre iba a quererme, pero ya no podría permanecer bajo el mismo techo. Me fui sin despedirnos. Mi orgullo o mi vergüenza me impidió abrazarla y darle las gracias por tanto. Al poco tiempo me autoexilié en España con él. Como dos fugitivos que huyen de sí mismos.

Por suerte, mi pasión también tuvo su faceta creativa, que me llevó a moldear esculturas y así ganarme la vida. Y de paso mantenerlo a él, ya que perdía todos los empleos por los resabios de sus borracheras. Creo que la culpa de haberle roto el corazón a Adela encontró consuelo en el alcohol. O quizás fue haber cambiado el terruño que lo vio nacer por un país que no le dio la bienvenida. Lo cierto es que yo tuve que remangarme y entrarle a lo que se presentara, hasta que descubrí que mi arrebato no sólo explotaba en mis encuentros de alcoba con él, sino también en la arcilla, y empecé a moldear rostros femeninos que, de alguna manera, se parecían a mi abuela cuando entraba en trance en sus santiguados. Gustaron y me los pagaban bien.

Un día decidí que lo acompañaría en su soledad de alcohólico y empecé a beber a escondidas, tal como hacía él al principio. Ya después no hacía falta esconderse, ambos sabíamos dónde estaban guardadas las botellas y juntos empezamos a planificar nuestro festín de etílicos. Me hubiera hecho falta la abuela y sus consejos en esos tiempos turbulentos. Nadie de la familia quería saber de mí por mi traición a la propia sangre. Y aunque me acostumbré a cargar con mi conciencia, que a menudo me recordaba lo que había hecho, nunca dejé de pensar en Nona Meche con melancolía. Extrañaba a aquella vieja regañona que no perdonaba hacerle daño al prójimo.

***

Sigo mirando para adentro a través de la grieta de la puerta. Ahora me doy cuenta de que en realidad no es su casa. Es el panteón de la familia. Nona Meche me llama desde las penumbras del interior. Sí, es ella. Imposible no reconocerla.

Dos trabajadores del cementerio me colocan en el nicho de al lado; ponen la lápida, se quejan de que está pesada, y se alejan conversando hacia la puerta que gime al cerrarse. Quedamos las dos en silencio.

Si me hubiese alcanzado el tiempo habría escrito un epitafio que dijera: «Aquí yacen dos mujeres que se quisieron mucho». Pero la apretada curva del camino y la mitad de la botella de whiskey me expulsaron violentamente barranca abajo, sin poder siquiera persignarme. Y aquí me quedo, junto a la abuela, para el resto de la eternidad.


Alicia Morandi es escritora y periodista uruguaya radicada en Los Ángeles, California.

 

4 Comments on "Dos cuentos de Alicia Morandi (Uruguay)"

  1. Gabriela Novotny | 25/06/2021 at 8:45 am | Reply

    ¡Qué increíble don que posee Alicia!!, me transportó en cada uno de sus cuentos, sentí por momentos que estaba allí, observando todo lo que ella cuenta tras una ventana. ¡¡¡Muy buenos ambos!!!, espero sigan publicando muchos cuentos más de esta autora.

  2. ¡Los cuentos me resultaron interesantes, entretenidos y disfrute mucho su lectura!!!!!

  3. Sonia Caraballo | 08/06/2021 at 10:52 am | Reply

    Excelente el cuento de Nona Meche!!!!!!! Espectácular el final.

  4. Muy disfrutables.

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