Un hacendado de Retalhuleu

Las Barrancas.

‘El canchito de piel candeal’ es el personaje de esta crónica de infancia y adolescencia

 

Mario R. Loarca Pineda

POR LARGO TIEMPO, desde la transformación de la costa del Pacífico en una región de plantaciones cafetaleras y de caña azucarera así como de haciendas ganaderas, se ha hecho costumbre que los propietarios, más conocidos como finqueros o hacendados, distribuyan sus jornadas entre la ciudad y el agro.

Tal es el caso del personaje central del relato, El canchito de piel candeal, que posee una suntuosa residencia en San José Pinula (al lado de la capital) y un pequeño departamento en el centro de Xelajú.

Una o dos veces por mes suele bajar a supervisar el estado de su hacienda, Las Barrancas, ubicada en las proximidades de la zona arqueológica de Takalik Abaj, no lejos de Retalhuleu, lugar que alguien tuvo la ocurrencia de nombrar la capital del mundo.

Eso de canchito de piel candeal es un mote que le fue impuesto por Tito, un patojo de ancestro hondureño que al acabar la secundaria decidió entrar al seminario de la diócesis de Los Altos. Luego de ordenarse se ha desempeñado como párroco en diferentes pueblos de Quetzaltenango, Totonicapán y Retalhuleu.

El Tito, que ha ahondado en la hermenéutica bíblica, afirma que la piel y el cabello del personaje se asemejarían a los de Nuestro Señor Jesucristo, quien –según su parecer– no fue un rubio de piel blanca sino que un castaño, un chele o canche de piel candeal.

Candeal se llama al color del trigo que antaño se cultivaba por estos lares.

Nunca me olvidé de él y supuse que alguna vez nos cruzaríamos en una callejuela de Xelajú, dándonos a platicar de nuestros tiempos de infancia y adolescencia en el Liceo G-SDB, de sus historias familiares y de las intrigas de la oligarquía endogámica que él conoce desde  muy adentro.

Tanto me agradó volver a encontrarme con El hacendado canchito de piel candeal, que tuve el cuidado de agradecerle el detalle de haberme llevado en su auto al hostal Chalet Suizo, ya de madrugada, después del íntimo convivio de alumnos perseverantes en la mansión estilo sevillano de Edwin, el Gato Persa, allá por el rumbo de San José Pinula, en la salida a El Salvador.


Transcurridos tres meses, al despuntar el alba de un jueves de enero, viajábamos por la antigua carretera que desciende del pueblo de San Juan Ostuncalco a Colomba…


Transcurridos tres meses, al despuntar el alba de un jueves de enero, viajábamos por la antigua carretera que desciende del pueblo de San Juan Ostuncalco a Colomba; a bordo iba también el perrito Pintxer, una miniatura de dóberman tan inquieto como una ardilla.

Desde que pasamos por un costado de la colonia Rosario, en el extremo nororiental de Xelajú, nos envolvimos en vaivenes memoriosos, evocando personajes de aquella infancia y adolescencia compartidas en cierto antro de perversión o mala educación que llamábamos el Colegio o bien el Liceo.

–Todavía me acuerdo de los paseos en bicicleta por caminos de tierra junto con el gordo Hidalgo, el Nacho Bernard y el chaparro del Quique, que tanto insistió con una patoja de la colonia Molina hasta que ella lo aceptó y después se casaron; algunas veces también se vino el Tuy y nos íbamos hasta el campo de aviación, después agarrábamos por el camino viejo que va a La Esperanza.

En una hoyanca que había allá por Los Trigales, una labor de la señorita Luisita Petorin, nos poníamos a descansar y a fumar; con ellos me inicié, claro que sólo tabaco pues, pero hubo pisados a los que ya les gustaba entrarle duro a la mota.

Fijáte que todavía conservo una bicicleta que en ése tiempo le compré al gordo Hidalgo por quince quetzales, una de aquellas Raleigh bien pesadas que traían de Inglaterra.

–Yo también salía en bicicleta los fines de semana, tuve una californiana, varias veces nos cruzamos por el templo a Minerva cuando yo bajaba y vos subías en tu picop Mazda repartiendo la leche del establo de tu papá. A veces, los sábados me iba hasta Chiquilajá y después de visitar la capillita del Señor de Esquipulas subía por una pendiente que comunica con el cantón Llano de la Cruz; de allí parte un camino que circunda el antiguo campo de aviación y cruza la carretera de Olintepeque.

Continuaba hasta la entrada de Villa Laura que –para mis adentros– parecía una de esas casas que se describen en los cuentos: la cabaña de madera con un desván, siempre cerrada y una alameda de cipreses que le daban mucha sombra. De Villa Laura agarraba por un camino lodoso que conduce a la labor Santa Bárbara, que era del obispo Manresa; después cruzaba La Esperanza y ya de regreso a Xela me iba por la carretera nacional que acababan de pavimentar.

Retalhuleu, Nuevo San Carlos. Cortesía del autor.–

–En esta zona de San Martín Chile Verde queda la finca El Silencio, de Adam Michalsky, entre la estación Castillo y el Chuvá. Es un personaje que alguna vez tendrás que conocer, vive en una casa muy bonita diseñada por él mismo, le gusta contemplar la caída del sol desde su cama o desde su sala, porque sólo tiene un ambiente y hay un enorme ventanal que mira al litoral del Pacífico.

Él todavía es un finquero como los de antes. Su mamá fue una polaca que apareció de repente en Xela y que se casó con un señor ya viudo que era hermano de cierta doña muy mentada, la licenciada Luz Castillo Díaz Ordaz, que llegó a ser una gran accionista del Banco de Occidente y además una de las fundadoras de la Sociedad de Damas Paramasónicas de Occidente. ¡Qué tal!

–Me acuerdo bien de haberla visto cuando caminaba por la calle del Calvario, en el centro, siempre se vestía con colores opacos y usaba un bastón de madera tallada. Decían que tenía afición al diexismo, o sea el hábito de escuchar radios extranjeras.

–¡Ah sí pues!, la mamá de Orlando seguía la escuela Rosacruz y cada tarde nos transmitía su energía para que nos concentráramos en las tareas. Teníamos interés en conocer la Biblia y ella nos puso a leer unos escritos rosacruces que hablaban de la vida de Jesucristo; así pudimos prepararnos para los exámenes orales que nos hizo aquel salesiano salvadoreño de apellido Flores.

¿No te acordás?  Se puso furioso una vez que el Orlando le respondió que Jesús había vivido en el Tibet y que fueron unos sabios yogas los que le enseñaron a hacer los milagros, a transfigurarse y a caminar sobre el agua.

–¡No!, mi iniciadora no fue la Vicky sino la hermana mayor del Nacho, una que era bien delgadita pero muy entrona, algo mayor que nosotros, tendría sus veintitrés y yo diecisiete. Ella había pasado unos meses en Indiana (EE.UU.), con aquel programa de intercambio que tenía el IGA. Un día me sedujo la cabrona adentro del Fiat 600, ya era de noche y –con maña– me pidió que la llevara bien lejos, por allá atrás del Tinajón, cerquita de la fábrica de tejidos Capuano, donde en ése tiempo se acababa Xela.

¡Y ni modo, verdad, siendo yo un patojito tan católico, un virgo sin experiencia, me dí una calentada de la gran diabla!

–Como dos semanas después me llamó a la casa, un sábado, con esa voz insinuante que ponen las mujeres cuando pretenden que uno las complazca en lo que ya sabés. Agarré mi suetercito beige del Zeppelin y me fui derechito a la casa donde ella vivía. Estaba sola, me entró a su cuarto, cerró la puerta con el pasador y nos dimos una buena agasajada.

Las Barrancas

Al día siguiente, comenzamos la ronda tempranera dando un recorrido por el corral de los cebúes y los pastizales. El canchito de piel candeal me mostró un ternerito cebú recién nacido que ya seguía los pasos de sus mayores en la manada.

El hacendado se impuso la tarea de describir cada una de las áreas de cultivo, también de mostrarme los manantiales y las fuentes de acopio para el agua de lluvia.  Eran las 6:30 a.m. y a la distancia se apreciaban las figuras del volcán Santa María, del Zunil, del Cerro Quemado y del cerro de la laguna Chikawal.

Por la tarde, después de hacer la siesta en hamaca, visitamos una planta de procesamiento de caucho e hicimos un recorrido de inspección por los linderos de la hacienda en picop, con los cánidos Pintxer, Mocca y Tobías a bordo.

Un robusto mozuelo descamisado y transpirado cumplió la agitada tarea de abrir y cerrar las veinte talanqueras que separan distintas zonas de bosque, de siembra y de pastizales.

De regreso en la espaciosa casa de la hacienda preparamos una cena fría con queso de Chancol-Nevah, Chivas Regal con soda, nueces, higos secos y galletas del vegetariano Rey Sol, que queda enfrente del jardín Centenario en la capital.

El canchito anfitrión de piel candeal se complació evocando las temporadas veraniegas que pasaba en la finca Santa Cecilia, propiedad de su abuelo por allá cerca de Pajapita, un lugar mítico para los de su tribu, sólo comparable al paraíso terrenal.

–La casa era toda de madera: conacaste, palo volador, bien sólida, al entrar teníamos que quitarnos los zapatos para no raspar el piso con los clavos de las suelas; allí vivían los abuelos y algunos de los tíos, también un montón de primos y de gente conocida que nada más pasaba a saludar y a tomar algo. Había algunos confianzudos que hasta pedían posada para pasar la noche cuando iban de camino a la frontera.

Apenas acabamos los exámenes finales en el Liceo G-SDB y nos íbamos a Santa Cecilia, allí pasábamos la Navidad, era bien bonito quedarse bajo aquel clima de costa, lejos del frío del altiplano.

El fundador de la finca fue mi abuelo, que había nacido en un pueblo de  Santander (Cantabria, España) y que se vino a Guatemala cruzando por Veracruz y Chiapas.  Contaba que alguien de México le habló maravillas de Guatemala, tal vez haya sido más fácil conseguir tierra por acá, no lo sé.


Una prima que hace tiempo vino a conocernos era bien guapa, morena con ojos verdes, espigada, se quedó como un mes hospedada en nuestro antiguo caserón de Xelajú, allá por el templo de la Transfiguración.


Creo que en México había una revolución, la de Pancho Villa, Zapata y todos esos bigotudos revoltosos.  ¿Sabés vos en qué año fue la Revolución mexicana?

Hubo un pariente del abuelo que se quedó en Veracruz y por eso hay unos del mismo  apellido que echaron raíces entre Córdoba, Orizaba y Jalapa. Una prima que hace tiempo vino a conocernos era bien guapa, morena con ojos verdes, espigada, se quedó como un mes hospedada en nuestro antiguo caserón de Xelajú, allá por el templo de la Transfiguración.

–¡Ah sí, de plano pues! Mi abuelita también era española, no sé bien de cuál región, tal vez haya salido de Galicia porque hablaba con muchos diminutivos.  Creo que el abuelo la había mandado a traer en barco. Cuando ella llegó a la finca tendría unos sus catorce años y el abuelo treinta y cinco.

La pobre no sabía ni freír unos huevos. ¡Vos sólo ponéte a imaginar las diferencias en los otros terrenos de la vida!

Fijáte vos, lo curioso del caso fue que ella nunca maduró y aunque tuvo sus hijos, toda su vida siguió comportándose como si fuera una niña.  No asumió nunca su papel de ama de casa y por eso necesitaba de su cocinera, de su recamarera, de su lavandera y de un montón de mozos que la atendían.

Hablaba igual que una patojita, aunque ya era grande y se entretenía criando animales. Formó un pequeño zoológico con ardillas, monos, lagartos, loros, gatos de monte, culebras de varios colores, iguanas, de todo.  Me acuerdo que se armaba un gran relajo cuando los monos se escapaban de sus jaulas, de plano que alguno de la casa hacía la travesura nada más para reírse.

Pues sí, la abuelita se desentendió de sus hijos y entonces mi mamá, que era la mayor de todos, fue la que se hizo cargo de cuidar a sus hermanos; el abuelo la consultaba en las cosas de la casa y cada semana le daba el dinero para los gastos.

Siempre me acuerdo de un gran cajón de madera que se iba llenando con distintas cosas que mi mamá compraba y que después mandaba a la finca en una camioneta pintada de azul y rojo que se llamaba Xelajú.  Metía harina, aceite, jamones, frutas y verduras de tierra fría, también pan blanco de La Española, que aguantaba varios días.

A la semana siguiente la caja regresaba en la misma camioneta, bien llena con los productos que nos mandaban de la finca: plátanos, zapotes, caimitos, limones, papayas verdes, café en grano.

En la sobremesa, tras acabar la cena, El canchito de piel candeal prosiguió adelante con su episódico relato del clan o gran familia.

–Sábado era el día de baño para todos, todavía se calentaba el agua con leña de encino en una estufa alemana que tenía serpentín. Primero los patojos y después la gente grande.  Éramos más de veinte viviendo en la casa de mis papás. Como no sobraba lugar, las comidas se hacían por turnos y en la refacción siempre nos daban un vaso de leche cocida traída del establo Los Ángeles, con unos panecitos de La Española o La Vienesa.

¡Y, por supuesto, siempre había visitas de parientes o de amistades que llegaban de la costa sur!

–Ese patojón Rüdiger que vos has mencionado era de El Tumbador, pero antes había pasado por el InstitutoAdolfo Hall de San Marcos, no te olvidés que su papá era coronel retirado y de plano quería que el hijo también se hiciera chafarote, pues. Pero aquel no aguantó tanta disciplina y se vino al Liceo G-SDB cuando empezábamos el bachillerato.

El cabrón resultó exhibicionista y se preciaba de tener grandes atributos sexuales, se sacaba la pinga en plena clase, una vez se la puso casi en la cara al Felipe y el profesor de Ciencias Naturales ni cuenta se dio o prefirió hacerse la bestia. ¿Qué, vos no te diste cuenta?

–Después se supo que en aquella excursión por la Flor de Mayo a Santa Ana y San Salvador protagonizó un incidente junto al depravado del Sandro, que era de un pueblo de Totonicapán, cuando una noche metieron un par de casquivanas al hotel y el cura Hasbún se enteró y les dio una buena regañada. Vos de plano que lo supiste porque ibas en ese grupo y eras de los protegidos del cura. ¿Verdad que sí?

Pues sí, te contaba, el tal Rüdiger preñó a una empleada de la casa, una patojona quetzalteca de corte plegado con randa, bien galanota; cuando mi mamá se dio cuenta, el cabrón ése tuvo que refugiarse en la casa del Francis Pelo Colorado, porque su mamá recibía pensionistas y así no hubo clavo con los curas salesianos que a lo mejor hubieran sospechado algo.

¡Y fijáte vos, las grandes vueltas que da la vida! Muchos años después, la hija del Rüdiger y la quetzalteca plegada se volvió la querida del papá de la Adriana, mi prima, aquella flaquita de pelo largo que estudiaba en el María Auxiliadora; el viejo calientón hasta abandonó a su esposa para irse a vivir con la patoja, él tendría como cincuenta y dos años y ella unos diecisiete.

–Sí pues, tenés razón, la mamá de Rüdiger era una señora muy distinguida que se llamaba Elvira y que hace unos años todavía administraba su gran finca allá en El Tumbador; ella descendía de los Esquinca, una familia de origen mexicano que habían sido cafetaleros de abolengo en toda esa zona del volcán Tacaná.

Yo le perdí la pista a aquel, muchos años después supe que había fallecido en un accidente yendo por la autopista de Escuintla a Palín. Contaban que se había casado con una nica morenita de la Costa Atlántica y que trataba de enderezar su vida después de haber cometido tantos clavos. ¡Andá a saber vos!

¿Y vos ya supiste que falleció el dueño del Hotel Montecarlo?  Ése señor se portó muy buena gente conmigo, fue una de esas personas que aparecen de repente en tu camino y que te orientan, que te ayudan, que se convierten en tus auténticos ángeles de la guarda.

Cuando viví en Mazate, porque estaba trabajando la finca de una mi tía para sembrar maíz, él me permitió quedarme en su hotel por un precio muy cómodo y encima de eso hasta me dio crédito, porque yo no podía pagarle antes de que vendiera la cosecha.  ¡Son cosas que uno nunca olvida vos!

A la doña, en cambio, nunca le caí bien y supongo que el motivo fue porque no le hice gancho a una su sobrina de Mazatenango que estaba soltera y andaba rondándome, una blancota bien gorda de apellido italiano, puro pedazote de tocino, llegaba todos los días a la piscina del hotel para que uno la viera. Ni nadar podía la pobrecita y eso que era mera costeña.

Sus hijos lástima que no le respondieron y se han portado bien bagres los pisados.  Del Ricky cuentan que se volvió un gran travesti de cabaret en una playa escondida de Costa Rica donde sólo reciben europeos gay, puros pisados pervertidos; el canche resultó un gran huevón que andaba en moto todo el día sin hacer nada y así acabó su vida, cuando chocó con una roca y salió expulsado, igualito que aquel chino de Goldfinger, una película de James Bond, el 007. Creo que la vimos juntos. ¿Te acordás?

Los más pequeños tampoco hicieron carrera y ni siquiera trabajan. Aquel gordito de anteojos se mantiene en el motel supervisando la marcha del negocio, según él. ¡Puchis, cuál negocio, vos!  ¡Si a duras penas mantienen la poca clientela que les queda!

¿Por qué ocurrirán esas cosas, vos?  Yo digo que por la vieja, es que esa doña Mimí era una mujer celosa, lenguona, avara, malvada; sólo hartando y cocinando se mantenía; contaban que almorzaba tres veces al día, por eso se puso tan cocha; es que era como puro monolito de Quirigüá, fijáte que de último ya no podía ni pararse.

–¡Yo pienso que una de las cosas que más friegan la vida en Xela es la lengua de todas esas viejas arpillas del pueblo o de la aldea, como vos le decís!

Al rayar el alba me levanté, deseoso de prolongar el tiempo de visita en la hacienda, de extendernos en conversaciones y reflexiones compartidas con mi gentil anfitrión, El hacendado canchito de piel candeal. 

Abandonamos el lugar poco después de las once, sentí que el cuerpo se resistía al traslado forzado y que mi alma se inclinaba a reposar contemplando los pastizales o caminando por el sendero de una barranca.

Yendo por el camino de terracería que va de la zona arqueológica de Takalik Abaj a Colomba, me contaba de una frustrada intentona de asalto que logró evadir y enumeró los efectos de la crisis agraria: fincas hipotecadas que han ido a la quiebra por presiones de los bancos acreedores; jornaleros víctimas del desempleo que subsisten como pueden y –a veces– se echan al mal camino de la delincuencia.

–¡Los mismos que antes fingieron ser combatientes de la guerrilla, hoy son, simplemente, salteadores de caminos!

En media hora alcanzamos la finca El Silencio, de Adam Michalsky, donde El hacendado canchito de piel candeal iba a recoger una carga de aguacates Haas, siendo recibido con familiaridad por el guardián y el propietario. Bromearon y ajustaron pequeñas cuentas pendientes por intercambio de aguacates, pastura, café, miel y naranjas agrias.

Al despedirse, le pidió a Michalsky que le prestase los dos tomos amarillentos de El Judío Errante, obra del escritor francés Eugenio Sué, una edición argentina de 1928. Luego continuábamos nuestro camino rumbo a Xelajú.

–¿Y por qué te atrae tanto leer una obra escrita en el siglo diecinueve?

–¡Mirá, fijáte bien lo que te voy a contar! Hace años Adam me prestó ese libro, que él mismo ni había leído, pero a mí me interesó mucho porque empieza hablando de los siete sabios de Sión y continúa describiendo las migraciones de los judíos a lo largo de toda la historia, en distintas partes del mundo.

Era de la biblioteca de su papá, que fue un señor muy culto y además un gran masón, miembro de la Respetable Logia Fénix 2 junto con el papá y la mamá de nuestro compañero Pablo Antonio, el Futbolista Yugoslavo, como vos le pusiste.

–Yo sólo conocí a la mamá de Michalsky, doña Olga, una señora muy platicadora que tuvo una su venta de productos naturistas en aquel centro comercial que era de los Cohen. ¿Te acordás que quedaba frente al estadio Mario Camposeco?

–Fijáte que ella murió hace pocos años, le dio un síncope cardíaco y fue doña Susy quien la encontró. Fueron muy amigas, además de ser vecinas de toda la vida. Cada mañana se tomaban su cafecito de la finca de Colomba para chismear. Un día no apareció la Olguita y Susy se preocupó; entonces fue a buscarla a su casa y la encontró desvanecida en el piso.

–¡Ah sí, cierto! La Olguita era la hija de una señora polaca. Una vez me contó que la gente hablaba mal de ella cuando se casó, que la calumniaban. Ya sabemos cómo es la gente de Xela, peor en esos tiempos cuando se decía que todos se conocían entre sí; estaremos hablando de los años cincuenta.  ¿Verdad vos?

–Parece ser que, al contrario de todo lo que las malas lenguas del pueblo habían pronosticado, la Olguita resultó ser muy buena esposa y se dedicó a atender a su marido hasta que el señorón, que ya estaba muy grande, dejó de existir.

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Acto ceremonial de nuestra despedida fue la entrega del ejemplar del libro Los Illuminati, que ya le había ofrecido cuando hablaba de El Judío Errante; suponiendo que ambas lecturas abarcan temas convergentes: la judería, el capitalismo, la masonería, el sionismo, el catolicismo integrista, el imperialismo y el poder omnímodo de la Reserva Federal U.S.A.

Nombres de referencia:

El Zeppelín: conocida fábrica de tejidos de punto, en Xelajú.

Instituto Adolfo Hall: escuela de secundaria y bachillerato con formación militar.

Instituto Guatemalteco Americano (IGA): escuela para el aprendizaje del inglés.

Liceo G SDB: Liceo Guatemala (salesiano) en Xelajú.  Existe un colegio marista del mismo nombre en la capital.


Mario R. Loarca Pineda. 

Escritor guatemalteco, ha publicado artículos y ensayos en revistas de México y América Central.  En 2006 apareció su libro Pecado nefando (México D.F., Juan Pablos-UNICACH).  Tiene formación en Psicología Social y en Estudios Latinoamericanos.

 

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