Los pulsos de la ficción en Giovanni Rodríguez

Giovanni Rodríguez presenta 'Tercera persona'.–

Es uno de los escritores jóvenes que más se destaca en Honduras. Su obra poética está recogida en Morir todavía (2005), Las horas bajas (2007) y Melancolía inútil  (2012).  El relato Los días y los muertos (2016), de la cual ofrecemos un fragmento, obtuvo el primer lugar en el Certamen Centroamericano y del Caribe de Novela ‘Roberto Castillo’. Su obra narrativa incluye Ficción hereje para lectores castos (2006) y Tercera persona (2007), en torno de la cual Uruk Editores, la casa tica que publicó la novela, armó un conversatorio en días pasados. Ya metido en la trama, afirmó, «el lector no encuentra un asidero… ¿es ficción o realidad? Esa bruma lo confunde».

Rodríguez es profesor de Literatura Hondureña, Centroamericana y Latinoamericana en la UNAH-VH en San Pedro Sula.

 

NO ES LA PRIMERA VEZ que López recibe una llamada anónima amenazante. Un par de años atrás, cuando empezaba la moda del narcotráfico en el país, un tipo, abogado, lo llamó para decirle que sacara el nombre de su representado de una lista de narcotraficantes que había proporcionado, en un desliz increíble y arriesgado, la Policía el día anterior. Le dijo que si no lo hacía, los problemas no solo recaerían en el diario para el que trabajaba. A pesar de lo intimidatoria que resulta una llamada así, López optó por dejarla pasar; sin embargo, al llegar al diario, Casco lo llamó a su oficina y le ordenó redactar una nueva nota aclarando que el narco en mención no era narco sino tan solo un empresario próspero de la Costa Norte dedicado al rubro de la ganadería y reconocido altruista de su comunidad, un pueblo olvidado de la mano de Dios, como suele decirse, cuyo nombre ni siquiera recuerda ahora que intenta tomarse su café mientras observa a la gente que pasa afuera.

Por si fuera poco, más tarde lo llama la recepcionista del diario comunicándole que no sabe cuál Fiscalía va a citarlo formalmente para que ofrezca su declaración sobre el caso de la mujer muerta en el hotel. Al parecer, el caso fue reabierto tras una investigación que determinó, efectivamente, que hay detalles por aclarar, como sugería la nota redactada por López, que a esas alturas de la jornada, justo el mediodía, hora del almuerzo y de los primeros noticieros del día en la televisión nacional, ya es un inesperado boom mediático. De esto último no se habría enterado (López odia la televisión y mucho más la radio) si no es porque uno de esos señores jubilados que llega al café todos los días se le acerca y le comenta la noticia que escuchó en la radio sobre un posible caso de negligencia y corrupción en el Ministerio Público, tomada precisamente del diario para el que López trabaja. Ahí dijeron que la nota no estaba firmada, ¿sabe usted quién la redactó?, pregunta con evidente sospecha el jubilado entrometido, pero el periodista le dice que no ha tenido oportunidad de leer el diario esa mañana y que ni siquiera se había enterado de la publicación de una nota con tal información. Como era de suponer, esos pequeños acontecimientos acumulados en una sola mañana –la entrevista al tipo de la DNIC, la llamada anónima amenazante, la advertencia de que van a citarlo a declarar y la resonancia que, al parecer, ha tenido su notita en otros medios– representan para el periodista y héroe recién entronizado de esta historia, un cóctel de preocupaciones innecesarias.

Esta es una conclusión a la que llega justo cuando se toma el segundo trago de su segundo café. Cómo putas me metí en tanto lío, piensa. Y ahora qué putas hago, se dice. Es obvio que no le queda demasiado por hacer; las cosas ya están hechas, esos malditos dados ya fueron lanzados y su suerte ya fue echada. Solo le queda andarse con cuidado, con más cuidado, porque independientemente de los problemas en los que uno se meta, siempre hay alguien que quiere joderte, o al menos el azar, que te escoge en una calle cualquiera, en un callejón cualquiera, en un café cualquiera…

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