‘El mono emulador de niños’ (cuento)

Julio César Orellana Rivera

EL CIRCO SE PASEÓ por el pueblo, anunciando su arribo con estridencia de megáfono. Transitó por las calles según el imaginario de los dueños de la carpa, galante y con orgullo, mostrando sus fieras salvajes. El león, más que rugir, bostezaba de sueño; el tigre, echado placenteramente, se miraba las patas deformes por el reuma y las garras gastadas. Iba un elefante con gripe, una cebra con el pijama desgastado por el uso y la pata con una chira, nido de gusanos; un mono joven y pícaro frotándose el verbo reproducir. A ese hemiciclo, que parecía clínica veterinaria ambulante, hay que agregarle un enano con cara de grosería, un payaso viejo y sin pintura, un personaje pintado con achiote y un tomate verdadero en la nariz, un mago con aretes y turbante al estilo Kalimán, un domador de fieras renco, un aprendiz de chichimeco que, al caminar, se mecía como un volatinero en la cuerda floja. Además, desfilan: otro artista, cholco, con peluca de colores en cuya cabeza era más visible su pelo natural; un levantador de pesas joven, fornido; una bailarina entrada en años, que joven abandonó su sueño de ser balletista para seguir una pesadilla y convertirse en esposa del dueño del circo y, finalmente, el empresario circense, ya viejo y en leotardo, mostrando sus enjutos bíceps, que un día fueron tigres y ahora no llegaban ni a gatos.

La caravana en sí, con comediantes y animales, era toda una monumental desgracia. Debían instalarse en un predio baldío, frente al cafetal florecido y cobijado por la sombra de gigantes pepetos plantados junto a él. Más allá de este minúsculo bosque, vestigio de lo que antes fuera una extensa finca productora del grano de oro, estaba asentada una comunidad marginal que, en su regazo, acunaba a gente muy buena, pero también estaba salpicada con una gama de viciosos y otros personajes: marihuaneros, putas, ladrones, coqueros, huelepegas, violadores, etc.

La primera función fue anunciada para la mañana del primer domingo de agosto a bordo de un coche tosigoso, que parecía mal ajustado y recién salido del taller. Avanzaba unos metros y luego detenía su marcha. Volvía el motorista feo, con cara de jaiba, a encender la máquina: gemía, intentaba rodar los neumáticos, retrocedía unos centímetros para avanzar nuevamente siete metros y luego desfallecía. El hombre del turbante, para anular la vergüenza que pasaban, gritaba por el megáfono:

–Yo, el gran mago árabe, a ti, máquina inmunda, te ordeno: «¡Detente!»

Y el auto se detenía. Él conocía a perfección los tiempos del coche, cuando se paraba o proseguía su marcha.

–Yo, el taumaturgo «Kalil», te mando: «¡Sigue avanzando!».

Y el coche avanzaba.

El hombre del turbante, auxiliado por la mano del viento, repartía las hojas sueltas que contenían el horario y los días de las funciones. Anunciaba, con gran emoción, el número denominado «Los puñales asesinos». Se trataba de la actuación del dueño del circo y su esposa. Ella en traje de bailarina, formando una estrella con las extremidades superiores e inferiores y la cabeza, posaba de espaldas a una puerta de madera, y a prudente distancia de «El Salvaje». El empresario circense, disfrazado de cheroqui, tomaba de la punta los cuchillos para luego arrojárselos a su mujer, que al final quedaba cercada de hojas metálicas.


El cipote burló la vigilancia de los padres y se fue directo al circo. Quería ver el espectáculo, colándose debajo de la carpa.


El aprendiz de chichimeco venía detrás del automotor, más con miedo que alegría, pues los niños partían su camino o le movían los zancos.

–Mamá, mamá, yo quiero ir al circo.

–Eso será hasta el viernes quince, que hay pago.

–¡No, no, no, yo quiero ir ahora!

–Pues tendrás que esperarte hasta esa fecha.

El cipote burló la vigilancia de los padres y se fue directo al circo. Quería ver el espectáculo, colándose debajo de la carpa, pero en todos sus intentos falló porque había gente vigilando con ojo de águila. No pudiendo lograr su cometido, decidió irse a la parte trasera de la carpa, donde estaban los animales enjaulados. Lo primero que le llamó la atención fue el mono, que a sus anchas se paseaba inquieto en su amplia jaula.

El chico, de rostro regordete, empezó a hacerle visajes al mono, a burlarse de la mala suerte del primate. Sacaba la lengua y pelaba los dientes; se metía los dedos índices en cada extremo de su jeta, haciendo gestos que afeaban su cara. Le hacía muecas, caminaba como mono, y el macaco se quedaba alelado. El mico movía su cabeza a un lado o hacia el otro, inclinándola: ponía cara de jugado por la Siguanaba y parecía no entender que las muecas eran burlas en su contra. Se quedó ido, pensativo. En su lenguaje antropoide, se dijo: «Y a este mono, ¿qué diantres le pasa?». El niño escuchaba voces ininteligibles, y siguió mofándose porque el mono le seguía la corriente. Ahora fue este el que se acostó sobre la tabla de la jaula, para que el chico lo imitara, pues sabía el animal que no habían recogido del suelo la caca del elefante; pero el muchacho tampoco era idiota: ya había observado la porquería del paquidermo en el césped. Ahora, el mono se puso a saltar, sabiendo que si el mocoso imitaba el salto cabía la posibilidad de que se electrocutara con el cable pelado que corría arriba de su cabeza. Y el jovencito saltaba, pero su testa no atinaba a hacer contacto con el alambre.

Al fin, el mono ya no aguantó más y puso su mejor cara de dundo. Fue a la puerta de la jaula, quitó el candado, que solo estaba colgado, y salió de la manera más cordial, haciendo reverencias y aplaudiéndole al churumbel por su buena actuación. Amistosamente, le tendió una de sus manos, que el chiquillo, con grandísimo temor, estrechó. Algo quería decir el primate; movía la boca, articulando sonidos de mono que el chico no entendió, pero este correspondió, presentándose:

–Me llamo «Chicomoco», le dijo, confundiendo su remoquete por su nombre.

Luego de las presentaciones respectivas, el mono lo tomó de la mano y caminaron como padre e hijo, encaminándose directo a la jaula. Entraron y se sentaron a conversar de temas importantísimos, según la mente del peque. En verdad, solo se miraban, pero el rapaz gozaba con sinceridad esa plática ausente. El primate sabía que, para cometer cualquier fechoría, primero hay que ganarse la confianza de los otros monos o de las personas. Punto a favor de este: el niño se imaginaba ser pariente del primate y el mono lo sabía; después de tanto tiempo encerrado, había llegado a comprender la sicología humana.

Con estudiada actuación, y caminando como un  gentleman, se dirigió a la salida de la canariera. De improviso, salió, cerró la puerta, sacó el candado de la argolla y presionó, casándola con la otra. Luego, sacudió las manos en señal de este asunto ya está arreglado.

Consiguió un cartón de gran tamaño y lo puso frente a la jaula. Sabía que el infante iba a hacer rabietas, y él estaba dispuesto a imitarlo. Y así fue. El chico comenzó a revolcarse dentro de la jaula y el primate se tiraba sobre el cartón dando vueltas y haciendo pataletas. Dentro, en su encierro, el chico ponía cara de los mil demonios, y el mono la ponía peor. El arrapiezo agarraba con fuerza las barras y, con violencia, tiraba patadas a su burlador; el mono, igual: se cogía de unos barrotes imaginarios y le arrojaba puntapiés al burlado. Este lloraba, gritaba fuertemente; el otro lo emulaba. Afuera de la jaula, por un momento, el primate dejó de lado su actuación y se puso serio, dándose importancia, recto, porque la situación lo ameritaba, que hasta se imaginaba vestido con frac y corbatín. Alzó su mano derecha y agitó el dedo índice varias veces, amonestando al niño en su propio lenguaje:

–¡Ya ves, con los monos no se juega, semejante tonto, igualado de boñiga!

Muchas cosas dijo, pero sus últimas palabras quedaron columpiándose en los árboles vecinos de la comunidad marginal, porque huyó raudo, haciendo maromas.

Antiguo Cuzcatlán, 20 de septiembre de 2014.


Julio César Orellana Rivera es escritor salvadoreño.

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