I. Pánico, pandemia y teatro

Escena de 'El loco', de 'Chuchú' Martínez. Foto de Omar Carbonero.-

René Lovo es actor y el fundador de La Galera Teatro, taller escénico independiente en el centro de San Salvador. Nos presenta dos textos, Pánico, pandemia y teatro y ¿Qué tipo de teatro queremos en El Salvador? En el primero comparte reflexiones disparadas por la plaga que ha trastornado los modos de conducirse, producir y relacionarse e, inevitablemente, la manera de experimentar los productos teatrales. En el segundo trabajo, que publicaremos más adelante, el autor pone en tela de juicio los modelos de visión y concepción del teatro en El Salvador.

 

René Lovo

HOY CAYÓ TODO EL PESO de la cuarentena y vivo casi resignado a no moverme y a aceptar el encierro como algo natural y cotidiano. Pero este estado no deja de provocarme fuertes contradicciones. No por desacuerdo o falta de respeto, pues no estoy contra el confinamiento. Pero, como sabrán los que me conocen, nunca dejé de buscar un mínimo espacio para mantenerme activo –sin romper los protocolos o las medidas de protección e higiene–, con tal de buscar los centavos que permitieran salvar el proyecto teatral de La Galera.

No disiento de la cuarentena, pero el hecho es que ahora no puedo vender comida a domicilio en las horas del almuerzo como lo venía haciendo. Sin esos centavos no hay posibilidad de amortizar las deudas, que siguen creciendo. La cuarentena rigurosa decretada por el Gobierno la semana pasada, que incluye el paro del transporte público y otras restricciones nos impiden salir y nos someten por varios días a esta rutina.

Inesperada y afortunadamente, vuelvo a la computadora.

Y aquí empiezan las contradicciones.


Todo gira como en un cinemascope: el teatro, el encierro, el silencio de la calle, la cadena nacional, las filas del supermercado, los ensayos…


Todo gira como en un cinemascope: el teatro, el encierro, el silencio de la calle, la cadena nacional, las filas del supermercado, los ensayos, el colapso económico, la salud, las noticias. Mis contradicciones se mueven como imágenes proyectadas en una pared. Aparecen desordenadas, dispersas, casi inertes como nuestra capacidad de reaccionar ante el confinamiento. Nos estamos volviendo seres neutralizados, estremecidos de pánico y consumidos cada vez más por la idea de la obediencia y la falta de criterio y de capacidad crítica para valorar nuestra condición personal y la espectacular y casi ficticia realidad de esta coyuntura.

Desde esta condición observo el quehacer de los demás, especialmente el de los colegas vinculados a las artes escénicas y particularmente al teatro. La virtualidad es de momento la única puerta por la que podemos entrar y salir al exterior: videochats, reuniones colectivas a través del teléfono y la computadora, talleres, conferencias y conciertos en vivo. Todo esto, de súbito, se volvió necesario, satisfizo la necesidad urgente de estar en contacto con los demás.

Si no fuera por el internet, nos habríamos aburrido demasiado y quizás aumentarían los suicidios.

El internet ha suavizado la cuarentena, pero al mismo tiempo que nos libera, nos esclaviza. Paradoja contemporánea. Ya comenzaron a aparecer incluso iniciativas un tanto insólitas, como las improvisaciones teatrales virtuales, las lecturas dramáticas, incluso las presentaciones de escenas teatrales.

He visto algunas y, sin ofender, me parecen patéticas.

Bañarse en un río sin agua

Sé que hay derecho a la inventiva y a la expresión, pero desnaturalizar la actuación y querer legitimarla a través de encuentros virtuales en los que se pretende construir un presente y un espacio común –prescindiendo de la presencia vivencial del espectador– es como bañarse en un rio sin agua.

Cada cosa en su sitio. Hace algunos días, la fan-page de La Galera transmitió por YouTube cuatro espectáculos del Sportivo Teatral (Argentina) que habían sido grabados durante una función con público. Pero eso es muy distinto. Una obra de teatro puede ser grabada en vivo y ser vista después. Pero una obra de teatro, al momento de llevarse a escena, requiere del espectador. La actuación teatral, en tanto rito, vive y se enreda con la audiencia y es así como se produce el milagro inédito e irrepetible, la maravilla del instante, del encuentro con el ojo del espectador, que te acompaña y avanza con la actuación. En esa medida se nutren mutuamente; de lo contrario, la actuación se vuelve insulsa, vacía, narcisista, carece de verdad y teatralidad.

En estos tiempos se da un fenómeno que pone de relieve el pulso entre el «convivio» y el «videovivio» invocado por el crítico y gestor cultural argentino Jorge Dubatti: se puede transmitir un concierto o un partido de futbol a grandes audiencias, pero, en el caso del teatro, es necesaria la presencia del espectador para que la poesía y el gozo se puedan dar. El placer de hacer y el gozo de mirar es lo que le da sentido al teatro. Es la coexistencia de dos placeres que se disfrutan simultáneamente durante un breve e irrepetible tiempo, y en el mismo lugar. Es insustituible el cuerpo al producir lenguaje ante la mirada del espectador. Cuando el espectador viene al teatro, los actores y el director han ensayado, revisado y discutido diferentes miradas de la realidad. Todas ellas condensadas construyen el lenguaje que tenderá el puente con el espectador.

La Galera celebró recientemente su quinto aniversario. Foto cortesía de LGT.–

La teatralidad de la pandemia                                          

La mirada es fundamental para discernir las contradicciones que desvela este momento.

Entender algo en teatro es saber, imaginar y poder hacer; de lo contrario, no lo entendemos. Se trata de escudriñar las razones y las motivaciones que llevan a un individuo a hacer una cosa u otra, ponernos en los zapatos de los demás para, desde ahí, encontrar la razón que nos permita dar actualidad al sentido de lo que queremos decir.

¿Cómo no asociar el ejercicio de la actuación con el comportamiento de algunos personajes de hoy, especialmente los políticos, que hablan con alto grado de exageración y falsedad? Buscan lograr sinergia, construir un modelo de atención, una imagen que agrade al espectador. Ahí se nota que están más preocupados por la imagen que por abordar con seriedad y compromiso lo que hablan. Parecen actores de pésima categoría, remedos del remedo, de la idea de actor propagado por la maquinaria dominante a través de los medios de comunicación masiva.

El momento actual arroja suficientes elementos para distinguir el nivel de teatralidad que está generando la pandemia en el mundo entero. La realidad parece mentira. Semeja la interpretación de un guion en el que se repiten modelos que no corresponden con el momento: son la repetición por inercia y efectismo de acciones hegemónicas que, por más que busquen resolver el problema pandémico (lo cual significaría simplemente resolver el problema de la salud de la población). Buscan mecanismos que políticamente permitan ejercer un poder que asegure dominar la subjetividad de la gente, esto para imponer una forma de interpretación de los hechos y una capacidad de reaccionar ante ellos.

Es sumamente teatral la manera cómo algunos gobiernos se comportan: como personajes de una película de terror y conspiraciones. Sino ¿cuál sería el interés de un gobernante en infundir pánico, mentir u ocultar hechos para construir una verdad irreal? Eso está bien en la escena, en el teatro, pero en la vida real se vuelve ya no un acto de transgresión, sino de extorsión ideológica. Alimentar un nivel de inconsciencia y confusión en la población a través de la manipulación, el engaño y el fetichismo del pensamiento para someterla a oscuros propósitos.

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