‘Mucho menos policías’: un cuento de Ricardo Corea

Ricardo Corea

—AGARRÁ EL BULEVAR DEL EJÉRCITO y despuecito del puente vas a ver una calle a la par de una fábrica de ropa, ahí te vas a meter –dijo desde el asiento de atrás.

Asentí sin decir nada. Por el retrovisor me fijé que sacó el teléfono y, con la cara aturrada, se puso a teclear.

De lejos vi un retén de la policía. Estaba antes del puente que me había indicado. Pensé en decir algo, pero no sabía… Él seguía viendo su celular, siempre con la cara aturrada, pero en eso levantó la vista y se fijó en el retén. Agarró otra vez la pistola que había puesto sobre sus piernas para escribir en el teléfono y la presionó contra mi espalda, a través de los asientos.

—Si usté hace alguna pendejada aquí va a quedar, ¿me entiende? Yo rapidito voy para afuera, pero usté aquí queda, ¿me entiende? –dijo cerca de mi oído. Asentí de nuevo.

Pidió el transporte casi al final de la tarde. La aplicación me mostraba el Centro de Gobierno, más o menos a la hora en la que sale el Gobierno de trabajar. Identifiqué al tipo. Camisa y pantalón formal, una mochila y varios folders en la mano. Un empleado del montón. Se subió y la aplicación me indicó que su destino se encontraba cerca. Solo tenía que agarrar unas cuantas calles para el norte y luego un giro en U y listo. Me saludó normal y cuando salí del nudo de tráfico que se hace a esa hora ahí, sacó la pistola de la mochila y me la puso en la nuca.

Yo le dije que tranquilo, que se llevara el carro y lo que quisiera. Le dije que no andaba mucho efectivo, pero que el carro valía algo.

—Callate, hijueputa, y manejá. Cancelá el viaje… Ahora apagá el fon y dámelo. También pasá la cartera.

No quise preguntar si siempre íbamos para donde indicó la aplicación, lo vi un poco alterado y me daba miedo que sin querer me pegara un plomazo.


Intentaba adivinar para dónde me quería llevar. Empezamos a dar vueltas. Yo no sabía si era buena o mala suerte que anduviera el tanque lleno.


Me dijo que agarrara la siguiente calle. Intentaba adivinar para dónde me quería llevar. Empezamos a dar vueltas. Yo no sabía si era buena o mala suerte que anduviera el tanque lleno.

— Agarrá el bulevar del Ejército y despuecito del puente vas a ver una calle a la par de una fábrica de ropa, ahí te vas a meter —dijo al fin, después de un gran rato sin rumbo.

Pasamos el retén sin sobresaltos. Los policías ni nos voltearon a ver. Yo no supe tampoco si eso era buena o mala suerte.

Me metí en la calle que me dijo. Nunca había entrado ahí. Llegamos a una zona marginal. No tenía ni idea de que en este pedacito viviera tanta gente. Había un montón de calles angostitas y otro montón de pasajes. Me comenzó a meter por calles y calles y calles. Yo trataba de memorizar el trayecto, pero fue por gusto. Todos los pasajes se veían más o menos iguales y las calles eran un puto laberinto.

Escalera. R.L.–

—En la siguiente a la derecha y te metés en un portón azul.

Entré. El portón ya estaba abierto, esperándonos. La casa era más grande que el resto. Me pareció que tenía dos pisos. Me esposó las manos al timón y me dijo que cuidadito intentaba algo. Quitó las llaves del suich y se metió a la casa luego de cerrar el portón. Menos mal que el reloj del tablero funcionaba sin la llave puesta. Media hora y nada. No sabía cuántas personas había ahí, pero no se oía bulla adentro. Una hora y nada. Me comenzaba a quedar dormido. Me sentía cansado. Una hora y trece minutos: me estremeció un grito, larguísimo y horrible. Venía de adentro. El grito más feo que he escuchado. Al inicio pensé que era un animal, pero luego no supe… Si me preguntan, no sé, no sé si eso era animal, persona o qué… Yo sentí que duró varios minutos. Cerré los ojos y le pedí a Diosito que se terminara pronto. Cuando los abrí vi el reloj, no había pasado ni un minuto. Una hora y trece minutos todavía. Lo sentí eterno. Ese grito se tuvo que escuchar desde bien lejos. Luego escuché risas como de bebé y eso me puso la piel chinita.

Una hora y cuarenta y ocho minutos después, el tipo regresó. Venía uniformado de policía y lo acompañaba un niño, también con uniforme, pero de una escuela. Cargaban entre los dos una bolsa negra que se veía pesada. Abrió el baúl con la llave y dejaron caer la bolsa en él. Sentí cómo el carro bajó con el peso. El policía se subió adelante, el niño atrás. Me quitó las esposas y me devolvió las llaves del carro. Se puso la pistola en la pierna, apuntándome, y me dijo que cuidadito con hacer una pendejada, que ya sabía que iba a pasar si… ¿Me entiende?, volvió a preguntar. No le respondí. Claro que entendía. Una hora y cincuenta y un minutos. Salimos.

Después de avanzar por varias calles, me llevó a otra casa. Esta también tenía portón azul y también estaba abierto. Esta vez, me hicieron entrar. La bolsa la dejaron en el carro. Me esposaron entre los dos contra unas barandas que tenían en el patio y me dejaron ahí, no supe cuánto tiempo, pero ya estaba oscuro.

Al rato llegó el niño, todavía con el pantalón del uniforme, pero con una camiseta de equipo de fútbol. Me dio un vaso con agua. Atrás de él estaba el policía, solo me miraba. Le hizo una seña al niño y él se sacó las llaves de las esposas del pantalón y me las quitó. Se hizo a un lado.

—Vaya, hijueputa, ahorita vos andás suertudo, porque este cerote —dijo refiriéndose al escolar— dice que mucho pedo darte gas ahorita, muy caliente está el ambiente, ¿me entiende? Así que ahorita usté va para afuera, pero acuérdese que aquí ya lo ubicamos dónde vive, va, ¿me entiende?

Soltarme a esa hora, en esa zona, era una trampa. Pero era mi única oportunidad. Asentí con la cabeza, sin soltar palabra. Me agarró las dos manos por detrás y me jaló hasta la puerta principal. Me fijé que mi carro ya no estaba en el garage. Ni siquiera escuché cuando lo encendieron.

Sabía que si sobrevivía a esta zona marginal tenía que poner una denuncia de robo de vehículo. Aquel grito… Aquella bolsa negra… Ya sabía lo que tenía que decir: que me quitaron el carro mientras iba de camino a hacer un viajecito, que eran como cinco asaltantes, que no les pude ver el rostro, pero que estaba cien por ciento seguro de que no eran escolares, mucho menos policías.


Ricardo Corea escribe sobre cultura pop, política y literatura. Es editor de las publicaciones digitales VoxBox y Grafomaniacos y colaborador de la revista centroamericana (Casi) Literal.

 

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