El catedrático se escabulle en tiempos de pandemia

Hay docentes que se mantienen lejos de las aulas virtuales en El Salvador, un vicio más arraigado de lo que nos imaginamos

 

 

Francisca Alfaro

MARIO, A QUIEN LLAMAREMOS así por conveniencia, comenta que a diario se presenta a sus clases de la carrera de Periodismo, por hoy virtuales, a cargo de dos catedráticos. Él, al igual que muchos otros estudiantes, compra de su propio bolsillo paquetes de navegación para poder continuar su educación con ayuda del móvil.

Mario se pregunta por qué no todos los docentes están cumpliendo sus obligaciones. Comparte el caso de una catedrática que llevaba un mes y medio de ausencia: no se comunicaba con él ni con sus compañeros de aula.

Una mañana, esa educadora envió dos guías y tres documentos en formato PDF  para solventar el 25% de la evaluación del ciclo. Sin agendar clases ni reuniones virtuales de asesoramiento, la maestra exige la resolución de las guías y la excelencia académica a la que probablemente está acostumbrada en el aula universitaria. Mario piensa que su carrera es fascinante, pero le contradice el hecho de que dos de sus docentes, citadinos, que gozan de remuneración escalafonada, no puedan ofrecer a sus estudiantes ni siquiera media hora de su tiempo semanal bajo la excusa de no tener recursos, internet o luz.


Sara asegura que su maestra de Historia no ha querido dar una clase a través del programa Google Meet porque cree que los estudiantes no aprenderán nada…


Así como Mario, muchos otros estudiantes de universidades privadas y de la Universidad de El Salvador (UES) han visto con decepción en estos días lo irresponsable del quehacer docente y la deriva de una administración educativa que emula la deriva política de la educación nacional. En carreras tan afines a la humanización de los saberes y totalmente vinculada al uso de herramientas tecnológicas,  como puede ser la formación del profesorado, aún persisten las tendencias autocráticas y unidireccionales de percepción del saber.

Sara, nombre ficticio, asegura que su maestra de Historia no ha querido dar una clase a través del programa Google Meet porque cree que los estudiantes no aprenderán nada, según se aprecia en un mensaje personal que Sara mostró a la autora de este comentario. Carlos, también nombre ficticio, nos relata como su docente de Psicopedagogía I envía presentaciones tomadas literalmente de internet sin hacer cambios que adapten el contenido a las referencias bibliográficas y objetivos del curso.

Según un artículo recientemente divulgado por la Unesco: El coronavirus COVID-19 y la Educación Superior: impacto y recomendaciones, las instituciones de educación superior tienen la obligación de apoyarse en un plan de contingencia para darle continuidad a la enseñanza frente a las medidas de distanciamiento social y otras disposiciones sanitarias dispuestas para evitar el contagio.

Las recomendaciones de la Unesco

Entre las medidas puntuales que sugiere la Unesco paras sobrellevar la emergencia están: por una parte, la utilización de plataformas didácticas en línea y de campus virtual, o la utilización  de aplicaciones y plataformas abiertas; la segunda recomendación apunta a adoptar mecanismos de formación y apoyo en línea al profesorado y a los estudiantes.

Hace poco, la Unesco estimaba que, hasta el 20 de abril del presente año, el 91.3% de la población estudiantil mundial, esto es, 1,575 millones de estudiantes, se había visto afectada por algunos efectos colaterales de la pandemia. En El Salvador, las medidas sanitarias y las regulaciones legales para frenar el COVID-19 han generado en la población confinada una serie de secuelas: irrespeto de los derechos humanos, falta de alimentos y deficiente o nula planificación para atender las exigencias de una población económicamente dependiente del trabajo informal. Si se suma a ello el desempleo, la falta de recursos –no solo tecnológicos, sino vitales, como el agua–, se puede entender que aquellos estudiantes que se esfuerzan por estar presentes todos los días en sus aulas virtuales hacen un enorme esfuerzo económico, de tesón en medio de  la crisis y de  fe en el poder transformador de la educación.

Frente a ese escenario, no es admisible que las prácticas irresponsables en la esfera docente den por resultado que se vulnere el derecho a la educación de los estudiantes. Si bien existen mecanismos para informar a las autoridades de las faltas de los educadores, no debería ser la norma en los centros de educación superior estarse dirigiendo a jefes de departamento y juntas académicas para que monitoreen el buen desempeño  de la planta docente.

La educación es un compromiso, no solo es un acervo bibliográfico que, hoy por hoy, es fácil recopilar para estudiantes con múltiples habilidades digitales. Enviar un PDF o  una guía de cinco preguntas que no superan el nivel literal de comprensión de lectura, lo cual no supone un trabajo de planificación por parte del educador para el desarrollo de las competencias propias de cada disciplina, es anclarse como docente a la vieja usanza,  sin  importar lo vital que resulta el contacto humano con los estudiantes, con los enfoques de la materia y con  los objetivos propuestos para la educación superior.

En la propuesta política para una educación superior (MINEDUCYT y USAID, 2018)   se retoman como funciones indispensables en El Salvador las siguientes: investigación, docencia y proyección social. Significa, por lo tanto, que la educación superior no debe estar al margen de la exigencia y la contraloría ciudadana, y con mayor razón, de sus usuarios, estudiantes que, en este contexto de crisis, exigen  una respuesta diferente, de calidad, de rumbo claro, de sensatez, y no de escapismo, ausencia y burocracia.

Se están reproduciendo prácticas que ya se advertían en las clases presenciales, que nunca se desarrollaron porque el catedrático o la catedrática estaban en campaña electoral en la UES, o porque  no se preparó la clase, o porque al docente le basta con llegar al aula a intimidar con falacias argumentativas sobre política, religión o cualquier tema, evadiendo el saber puntual y el desarrollo de habilidades en  los estudiantes.

Falacias en el salón de clases

Durante mi proceso de educación en particular,  Lingüística  fue una materia  que cursé  con esmero y con calificaciones excelentes; sin embargo, recuerdo  que cuando ocurrió  el suceso de enfrentamiento entre policías y estudiantes en 2006 –cuando se culpó a Mario Belloso de algunos de aquellos hechos–, uno  de nuestros catedráticos dijo: «Ya ven, eso les pasa por ser comunistas. A la entrada de la universidad la CIA los vigila», mientras terminaba de tomar su café y leía su periódico, y nosotros resolvíamos guías sobre alguno de sus cuadernillos, que  habíamos comprado para la clase.

No recuerdo haber aprendido Sintaxis en ese módulo, pero sí haber reconocido que nuestro profesor se las ingenió para salir bien librado de aquel curso: alumnos reprobados, exámenes sobre temas que nunca explicó y una potencial acusación de acoso sexual (por suerte, no fue mi caso), pero todos observábamos las conductas abusivas e irresponsables de aquel docente. Y aún hoy, este profesor sigue tomando café y leyendo el periódico mientras sus alumnos resuelven guías, seguramente desde casa, con dudas, y con las clásicas falacias de género y ataques políticos, entre otros.

Por otra parte, resulta más que claro que la educación está vinculada al desarrollo, a la prosperidad, a la superación de condiciones materiales y que  se escucha bastante bien en discursos políticos y de autoridades educativas. La misma Propuesta política para una educación superior (MINEDUCYT y USAID, 2018) apunta que las políticas públicas para las instituciones de ese nivel deben armonizar los planes de desarrollo productivo y el desarrollo regional, vinculadas a las necesidades de los grupos sociales, el sistema de valores, los procesos de desarrollo internacional y de mejora de la calidad de vida.

En ese sentido, en la lógica de armonizar objetivos, políticas y  esfuerzos, es que hoy exigimos a los centros de educación superior mayor respeto a los derechos de los estudiantes, asegurando que las clases, las conferencias, los intercambios de conocimiento y los recursos bibliográficos se planifiquen  y ejecuten con el mayor de los compromisos.

Es  la calidad de vida de nuestros adultos, la de las generaciones venideras, lo que está en juego. Es el prestigio y la decencia, porque no solo se trata de una cuota o de un servicio profesional que ofrece el centro de estudios, sino de tener acceso a una educación integral, la única salida al subdesarrollo y a la crisis humanitaria que padecemos.

Después de todo, en el caso de la UES son los recursos del Estado, pagados por todos los salvadoreños, los que están en juego. En el caso de los estudiantes de universidades privadas, están en juego los recursos de familias –algunas de ellas migrantes– de ingresos modestos que pasan grandes privaciones para pagar las mensualidades de sus hijos. A cambio de ellos, todo lo que reciben de algunos catedráticos es un PDF con cinco preguntas, cero acercamiento humano, cero transmisión de saber. En conclusión, es  una falta grave de respeto a los derechos  educativos de los salvadoreños.

No sea usted uno más, no hay excusas; la educación  es compromiso, es innovación,es humanidad, no vacío y silencio.

Francisca Alfaro es docente universitaria, profesora de educación media y tercer ciclo, y escritora.

 

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