‘Cementerio de relojes’: un cuento de Julio César Orellana Rivera

Julio César Orellana Rivera

I

CUANDO EL RELOJ MARCABA las nueve de la mañana, Delia entregaba su tiempo al cuido de las plantas en el jardín. Cada cierto tiempo, Delia echaba un vistazo al reloj de pared, que Fernando había comprado en las calles bulliciosas del Centro de San Salvador. Este lucía como un Cristo-reloj que no pudiera despegar su cuerpo de la pared. A Delia le gustaba porque era circular, porque movía las tres agujitas sin descanso y, sobre todo, porque marcaba las horas.

Travieso tenía en su interior números arábigos, como a ella le gustaban, pues los romanos, era como si le hablaran en chino porque nunca los entendió en su clase de Matemática. Que si la I antecedía a la V se le restaba una unidad, entonces eran cuatro. ¿Cómo era posible, si en lugar de quitarle agregaba una I? O decía su maestra: «Si escribimos dos, X suman veinte». Esta maestra está loca; son dos equis las que ha escrito, no veinte. Pobrecita, deberían llevarla al manicomio.

El relojito había salido fiel, cumplidor, de batalla. Cuando el anterior dijo hasta aquí llego, Delia, con gran ceremonia, tomándolo entre sus manos fue a depositarlo en una cajita de madera. Cruzó el traspatio y bajo el árbol de mango lo enterró con grandes honores, como si fuera un héroe de la Patria. Atrás iba Fernando, acompañándola, de riguroso traje oscuro, y Delia, con vestido y velo oscuros también. Todo en derredor del árbol de mango era un cementerio de relojes, con cruz y epitafio incluidos. Por ejemplo, en uno de estos se leía:

«Aquí yace Din Don,

que por marcar la hora

murió justo en su hora

  cantando una canción».

Otro epitafio rezaba:

                       «El mal reloj muere pronto, ruinoso

          con lumbago en las espaldas

                        como si fuera un hombre decrépito,

estúpido y mohoso».

Era un epitafio duro para el reloj que sirvió a su ama con tanta diligencia; pero es que a Delia le rebalsó la cólera cuando una aguja empezó a dar pasitos de viejo renco: un pasito por aquí, un pasito por allá cada ocho o diez minutos. Primero, pensó que eran las baterías. Corrió al supermercado para adquirir unas nuevas. Se las puso y el maldito reloj no dio indicios de resucitar. Le pegó varios golpes, según ella en la cabeza, y el reloj como si dijera: No soy de aquí ni soy de allá, dando a entender que no era del mundo de los vivos ni de los muertos: pertenecía al mundo de los relojes. Entonces, con furia, arrojándolo al piso, lo hizo mil pedazos. Las baterías rodaron raudas, como huyendo de un perro bravo que quería morderlas.

— ¿Y qué pasó? — la interrogó Fernando.

— ¡Nada! ¡Que este tonto reloj no caminaba ya!

Sereno, Fernando recogió las baterías y cada fragmento del reloj. Con mirada dura y llena de preocupación, examinó cada parte y, al final, como un facultativo, dictaminó:

— ¡Ahí está! Tenía mohosos varios alambritos. Las baterías, ¡ah, sí, las baterías están vencidas!

Y con rostro severo, apuntando con el dedo índice, señaló la fecha de caducidad. Delia no tuvo más que llevar sus ojos a la fecha impresa.

— Bueno, dijo, entonces yo fui la asesina que utilizó sus manos para matar a esta criatura de Dios.

Y diciendo esto, empezó por poner un rictus de tristeza en su rostro.

— Preparemos el funeral.

Se vistió de luto. Cuatro candelas de La Favorita iluminaban la cajita con los restos del desgraciado que ya no quiso funcionar.

Y así, con rostros de piedra, caminaron ceremoniosos hacia la fosa que sería la última morada de Din Don II.

II

El cucú anunciaba que las nueve marcaba el reloj, hora en que Delia se debía a sus plantas. Empezó por observarlas, tocarlas y mimarlas: «¿Dónde se han escondido mis niñas, princesas bellas? ¡Ah, y mi rosa, lucero de la mañana, ¿dónde está? Mis dalias esbeltas, princesas corazón de oro. ¡…Ay, sí, y mis pensamientos bellos, niños de paredón, ustedes también están en mi corazón». Volvió los ojos hacia las rosas blancas, símbolos de pureza.

El ritual primero, antes de dedicarse de lleno al cuido de sus queridas flores, era siempre visitar el cementerio y santuario de relojes. Les llevaba flores y las plantaba en las tumbas con suma delicadeza y les dedicaba una oración.

— Aquí vengo, mis niños, con flores, que tanto les gustan.

Pero solo encontró los tallos, sin más abrigo que las espinas desnudas cubiertas de frío. Los zompopos habían emigrado del jardín al cementerio de relojes: acarreaban hacia su nido hojas y pétalos de rosas. Delia se inflamó de cólera porque pensó que a esos bichos ya los había exterminado, pero no, no era así. Había probado echando ceniza en los nidos, arena, espuma de jabón, cal y, por último, bolitas de veneno que ellos cargaban con fuerza en sus tenazas. Para ellos era como un ejercicio de gimnasio, de competencia, y quien llevaba la bolita más grande al nido se coronaba campeón. Rígida disciplina: uno, dos, tres; uno, dos, tres. En perfecta formación, se encontraban con sus amigos, parientes o conocidos. Se detenían, conversaban en el encuentro y se decían cosas al oído para que nadie los escuchara: «¿Ves a esa vieja pelo de escoba que está parada ahí?: es malvada, loca y quiere exterminarnos; pero no le hagas caso, que las mujeres como esa mueren de pie, pidiendo cacao, meándose, llorando y gritando como locas salidas del manicomio».

Los zompopos, uno a uno, fueron saliendo de su nido, y con cada paso que daban crecían hasta adquirir el tamaño de un pavo real. Furiosos, arremetían contra la humanidad de Delia con encono y con sus tenazas filosas. Delia gritaba desaforadamente pidiendo auxilio, pero Fernando no escuchaba el berreo porque sus audífonos exhalaban música de la Quinta Estación.

Delia no gritaba más. Se meó parada y cayó fulminada de un paro cardíaco. Los zompopos, con sus tenazas, hacían del cuerpo de Delia todo un festín, devorándola, desmembrándo sus extremidades y cortándole el cuello; salió rodando pendiente abajo, golpeándose la cabeza en una roca, y terminó con los ojos trabados. Y ahí se quedó, mirando el cielo, como implorando la justicia divina, que nunca vendría ni jamás vería.

Antiguo Cuzcatlán, 2 de septiembre de 2014.


Julio César Orellana Rivera nació en Antiguo Cuscatlán en 1964. Es licenciado en Contaduría Pública y docente escalafonado. Estudió cursos libres de dibujo y pintura e Historia de la Cultura y el Arte en el CENAR. En 1993 ganó el primer lugar en poesía, categoría aficionado, en el Primer Certamen por la Paz y la Reconciliación. En 2007 se hizo acreedor al premio único en los XIV Juegos Florales Ahuachapanecos en el género de cuento. Ha colaborado con los suplementos culturales Astrolabio, de Diario El Mundo y Tres Mil, de Diario CoLatino, y con el extinto suplemento Filosofía, Arte y Letras, de El Diario de Hoy.

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